Pocas cosas estimulan más a un buen escritor que ser cuestionado, ignorado o repudiado en su país de origen. A veces pienso que el exilio, el monasterio, el calabozo o el desierto se inventaron para que los escritores pudieran defenderse de las maniobras y corruptelas de políticas sociales, literarias o lingüísticas. Franz Kafka, nacido en Praga, que hablaba y escribía checo en la intimidad, y había elegido el idioma alemán como lengua literaria, ¿era, entonces, un escritor checo, o bien un escritor alemán? Un hombre con la identidad dividida, como tantos escritores del actual mapa literario. Su peculiar y asfixiante mundo íntimo fue totalmente checo en contraposición al lenguaje novelesco alemán, idioma cuya claridad de pensamiento y rigor narrativo seducía a Kafka. Y, por supuesto, Kafka era además judío, y, también entonces, en Praga, un judío-checo de expresión alemana estaba doblemente aislado, era un judío entre los alemanes y un alemán entre los checos.

Leer íntegro  en El País, 16 de octubre de 2006